Volumen 1 - Nº 1 - Diciembre/ Enero 1989

Revista de Divulgación Científica y Tecnológica de la Asociación Ciencia Hoy

 

 

La obra de Rodolfo M. Casamiquela, nacido en 1932 en Ingeniero Jacobacci, provincia de Río Negro, sintetiza la experiencia viva de su tierra natal y el conocimiento adquirido con la práctica de la investigación. Hijo de pioneros patagónicos, fue enviado a Buenos Aires a estudiar en la Escuela Industrial Otto Krause, pero allí sintió "la inhabilidad más estupenda en lo manual" y prefería refugiarse en la Biblioteca Nacional para leer la gramática araucana de Félix José de Augusta sin saber que, allá en su pueblo, sus compañeros hablaban esa lengua. De esa temprana época datan sus primeras incursiones en el ámbito de las lenguas indígenas y el interés por reunir una colección de fósiles que, en 1949, dieron origen al Museo de Jacobacci.

De regreso a su pueblo conoció al mineralogista Romeo Croce ("un fascinador, un mago") y éste lo convenció de que estudiara en la escuela nocturna de minería del Colegio Moreno, en Buenos Aires, donde se graduó de perito minero nacional al tiempo que proseguía con su formación en temas patagónicos en la biblioteca del Museo Etnográfico. Una beca lo llevó a Bélgica y allí recrudeció su interés por la paleontología. Decidió ingresar a la carrera en la Universidad de La Plata sin abandonar los estudios que realizaba por cuenta propia porque, pensaba, "la universidad es un ordenador de conocimientos, pero los conocimientos los hace uno, por experiencia y diálogo con los maestros". Abandonó en tercer año. Por entonces ya publicaba regularmente trabajos de antropología y se sentía "agrandado" como investigador.

Alentado por Rosendo Pascual, "maestro y amigo de toda la vida", Casamiquela prosiguió investigando en el Museo de La Plata (ranas fósiles, pisadas de dinosaurios) con la "espada pendiente de una carrera inconclusa", hasta que llegó 1966 con su golpe de estado y decidió renunciar. Se radicó en Chile y años después, con una tesis en paleontología, obtuvo allí el título de doctor en biología.

Tres años después de su partida de la Argentina el gobernador de su provincia natal le hizo llegar la invitación de crear allí un instituto de investigación. Así nació el Centro de Investigaciones Científicas de Río Negro, con sede en Viedma, inaugurado en 1970. Para él, Casamiquela imaginó un modelo "centrado en los intereses regionales y con orientaciones en historia, biología, geología y geografía". El Centro tuvo una gran expansión en sus comienzos e incluso pudo sobrevivir a los avatares de la historia argentina subsiguiente, aunque hoy se encuentra "en estado de agonía".

Esa historia subsiguiente deparó muchos sinsabores a Casamiquela. En 1973 retomó su vinculación con el CONICET en calidad de investigador, pero apenas alcanzó a presentar dos informes antes de que, en 1975, quedase fuera "por razones de mejor servicio". Poco después de iniciado el gobierno militar de 1976 y mientras se encontraba en México recibió la noticia de que había "renunciado" a la dirección de su Centro rionegrino. A su regreso, bajo presión de la prensa, la opinión pública y su prestigio regional, fue reinstalado en el cargo. Lo mantuvo solamente el tiempo necesario para retirarse, a los cuarenta y cinco años de edad, e inició un período de ostracismo que acabó en 1984 cuando fue convocado nuevamente por el CONICET del gobierno constitucional.

En 1978 Casamiquela había creado en Viedma la Fundación Ameghino, que aún preside, destinada a fomentar la investigación regional y al mismo tiempo desarrollar una personalidad cultural propia. El énfasis de la Fundación está colocado en investigaciones aplicadas de interés regional, los grandes problemas del agro, lo geológico y minero, la pesca, la conservación de la flora y la fauna, aunque no por ello se descuide la investigación básica. Pero ya por entonces su obra se había orientado decididamente hacia la etnología patagónico-pampeana. Era difícil seguir adelante con dinosaurios y pisadas fósiles sin contar con recursos: "me quedé sin lugar de trabajo, laboratorios, preparadores, material de campaña, diálogo y acceso a una bibliografía ecuménica que permitiese la actualización permanente".

Actualmente Casamiquela es investigador principal del CONICET, a cuyo Consejo Científico y Tecnológico también pertenece, y forma parte del Consejo Directivo del Centro Nacional Patagónico de Puerto Madryn. Su currículum incluye numerosos trabajos de investigación y divulgación en geología, paleontología y antropología, entre ellos Estudios icnológicos, Panorama etnológico de la Patagonia, El arte rupestre en la Patagonia, En pos del gualicho y Nociones de gramática del gününa küne, una presentación de la lengua de los tehuelches septentrionales. Pero en las dos conversaciones que mantuvo con CIENCIA HOY (una de ellas en Buenos Aires y la restante en Carmen de Patagones, donde reside) Casamiquela demostró ser, por sobre todo, un apasionado ciudadano de la Patagonia, esa "tierra de ajenidades y desarraigo en busca de su ideintidad cultural".

Cuando se considera su biografía, se diría que su interés por la paleontología y la antropología respondió ante todo a una necesidad vital que se remonta a su infancia. ¿En qué medida el haber nacido en un pequeño pueblo de Río Negro decidió esa vocación suya?

En mi caso preguntarme por mi lugar de nacimiento no es una pregunta de oficio, porque ese pueblo, Ingeniero Jacobacci, condicionó el nacimiento de las dos vocaciones que me acompañaron durante toda mi vida. Por una parte sus alrededores están llenos de fósiles, de huesos petrificados al alcance de la mano. Yo llevé mi primera caja de fósiles al Museo Rivadavia de Buenos Aires cuando aún vestía pantalones cortos. Y por otro lado estaban ahí esos carteles, esos nombres antiguos, ese mundo de resonancias detrás del cual se percibe el misterio de los orígenes indígenas. Recuerdo claramente que le preguntaba a mi padre el significado de lugares tales como Huahuel Niyeo, que en araucano quiere decir "lugar de la garganta", o Cari Laufquen, "laguna verde". Y también recuerdo esos libros de cabecera que había en mi casa, relatos de viajeros famosos, como Musters o Falkner, que mencionaban lugares, seres y nombres fascinantes. Así fue mi infancia. Siempre seguí ese camino de la fascinación, siempre llevé conmigo esa quemadura terrible.



En el museo "Jorge H. Gerhold" de Ingeniero Jacobacci, cuyos orígenes se remontan a la colección privada de fósiles de Casamiquela.


Pero, ¿hubo algún conflicto entre esa experiencia inmediata de la tierra y el conocimiento que le brindó la investigación científica?

Hubo una complementación. La experiencia vital de la tierra de uno, cuando existe arraigo suficiente para sentirse parte de ella, se relaciona más bien con la sabiduría antes que con el conocimiento. Es otra cosa. Un investigador produce conocimiento, tiene un ritmo, una continuidad, una perseverancia, un método. A veces el científico y el sabio coinciden en la misma persona, pero no siempre es así. Lo mismo sucede con el artista o el filósofo. En mi caso el ingrediente de la voluntad y el amor por el razonamiento, responsables de mi decisión de orientarme hacia la ciencia, provienen quizá del ascendiente germánico de mi madre, que se sumó a la curiosidad viva que caracterizó a mi padre. No sé si es una buena explicación, pero agregaría que hoy mismo me resulta imposible seguir adelante con una investigación si a través de ella no experimento al mismo tiempo ese antiguo sabor de la tierra. En mi adolescencia yo vivía en la costa de un mar Atlántico de 65 millones de años y quería saber por qué se habían extinguido los dinosaurios, pero hoy, lejos de allí, leo las teorías más recientes de un modo distante y frío. Ya no hay fascinación.

Pero cuando la hubo, ¿que lo llevó específicamente a la paleontología?

Un primer impacto, tremendo, fue el hallazgo de las placas de los caparazones de gliptodontes, los antepasados gigantes de los armadillos actuales. Yo era un chico, en Jacobacci, y sentí que testimoniaban un pasado muy remoto y misterioso. Hubo como un vértigo y de pronto todo eso se asoció con el nombre de Ameghino. Cuando llevé esas placas al Museo Rivadavia, un paleontólogo sacó de un estante el Atlas de Ameghino y comenzó a comparar mis fósiles con las figuras del libro. La fascinación era total. Ahí llegué a plantearme el propósito de estudiar cuanto cascote, planta o bicho hubiera en el entorno de mi pueblo, empresa que, desde luego, era irrealizable. Sin embargo, logré hacer un estudio de la evolución geológica del valle del Huahuel Niyeo, sobre la base de fósiles guía coleccionados personalmente y que proporcionó un esquema aún válido porque, si bien abarca un ámbito pequeño, puede generalizarse a otros.

 

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