Volumen 15 - Nº 88
Agosto-Setiembre 2005

Definición del trabajo en París y en Buenos Aires

En 1957 recibí una oferta de la sede central de la UNESCO en París para unirme al Departamento de Física de la Universidad de Buenos Aires o del Instituto de Física de Bariloche por un año como ‘especialista en física nuclear’. La reunión informativa en París fue una desilusión, porque me demostró que yo tenía más conocimiento de la física argentina que los burócratas* en su famosa casa en forma de estrella. Por esta razón me desvié y pasé por el Laboratorio Nacional de Brookhaven en Long Island, donde el profesor Tor-Ragnar Gerholm de la Universidad de Uppsala era un científico visitante que acababa de volver de la Comisión Nacional de Energía Atómica de la Argentina (CNEA), donde había trabajado durante siete meses. Indirectamente se encontraba detrás de la invitación, porque estaba convencido de que la Universidad de Buenos Aires en particular tenía una necesidad urgente de contactos internacionales.


Ingmar Bergström en 1958

Volé a Buenos Aires en un DC-6 pasando por Miami, Panamá, Quito, Lima y La Paz, donde tuvimos que esperar en el aire durante alrededor de una hora porque un avión militar argentino estaba incendiándose en tierra.

Está claro, por algunas cartas encontradas en los archivos de Bariloche, que yo ya mantenía correspondencia desde Suecia con Balseiro y que discutíamos algunos programas de enseñanza en Bariloche. Sin embargo, siguiendo el consejo de Gerholm, le di prioridad al Departamento de Física de la calle Perú 222, en Buenos Aires. El decano, Rolando García, me contactó después de unos días y me dijo con total franqueza que me sería imposible hacer cualquier tipo de investigación por la falta total de equipamiento. De hecho, el departamento parecía un viejo museo, donde solo era posible encontrar más lugar cavando profundamente en el sótano. Me contó que tenía en mente otro trabajo para mí. Durante los últimos años del régimen de Perón, la universidad había perdido muchos miembros competentes del personal. Por lo tanto, el futuro de las ciencias en la Argentina debía basarse en estudiantes jóvenes, que ahora había urgencia de cuidar. Los estudiantes más prometedores debían ser enviados al exterior para su capacitación doctoral y necesitaba mi cooperación para incentivarlos y elegirlos. De inmediato quedé muy impresionado por la personalidad de García y por el idealismo contenido en sus argumentos. Me dio dos semanas para que considerara el trabajo que esperaba que yo hiciera. Si me sentía estafado, me  resarciría económicamente y quedaría libre para volver a Suecia. Esa misma noche ya me había decidido y al día siguiente le dije que me gustaría intentarlo, aunque todavía no podía decirle cómo.

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