Volumen 15 - Nº 88
Agosto-Setiembre 2005

 

Gracias a las gestiones de Gaviola
y Balseiro se creó el Instituto de Física de Bariloche en 1955.
Antes de alcanzar su actual posición
de prestigio debió atravesar
numerosas crisis.

La carencia de físicos es un mal crónico de América latina. Es cierto que unos pocos grupos de físicos latinoamericanos han hecho aportes en la franja del más alto nivel internacional. Sin embargo, la física latinoamericana –y la Argentina no es una excepción– no ha tenido mayor impacto sobre el desarrollo tecnológico y económico de la región.

El físico Enrique Gaviola comprendió muy temprano esta situación. Gaviola se había doctorado en Berlín y regresado al país en 1930, luego de pasar dos años en Johns Hopkins University y varios meses en el Carnegie Institution of Washington. El mismo año de su regreso escribía: ‘Es pues imprescindible que todo profesor de matemáticas y de física sea un estudioso y un investigador’. Es sabido, continuaba Gaviola, que la necesidad de dictar numerosos cursos hace que el profesor sea ‘un obrero que trabaja a destajo, como los obreros de los frigoríficos’. Este hecho, junto con la rigidez de los planes de estudio eran responsables de la ‘fosilización’ del profesor y, por lo tanto, de la ausencia de investigación en la universidad. Gaviola argumentaba que las carreras de doctorado eran desconocidas para los egresados del bachillerato y eran de ‘urgente necesidad en el país y su porvenir económico y social’. Con el estilo irascible e intransigente que lo caracterizaría hasta el final de su vida, al año siguiente, en 1931, sostuvo que la universidad argentina ‘es tan absurda, su funcionamiento tan irracional, su medio ambiente tan chato, que dudar de la urgente necesidad de cambiar todo esto es imposible’.

 En el año 1943, Gaviola logró integrar a la física del país al físico austríaco Guido Beck, quien, entre otras cosas, había sido asistente de Heisenberg. A mediados de los cuarenta, como primer presidente de la Asociación Física Argentina (AFA) –creada en 1944– y director del Observatorio Nacional de Córdoba, Gaviola se lamentaba: ‘El número de físicos y químicos capaces de investigar con provecho es actualmente en el país seguramente inferior a veinte’. Y continuaba un poco más abajo: ‘Si tuviéramos mil –y entre ellos tres o cuatro de primera línea– la industria podría abrir laboratorios industriales, las universidades podrían tener profesores que supiesen enseñar a investigar investigando [...] y podríamos construir institutos tecnológicos. Pero tenemos veinte’.

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