Volumen 20 - Nº 118
Agosto - Setiembre 2010

Reseña de un libro recomendable

 

La ciencia de Mayo. La cultura científica en
el Río de la Plata, 1800-1820

 

Miguel de Asúa,
FCE, Buenos Aires, 2010.
José Carlos Chiaramonte
Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani, UBA

 

De los veinte años que enuncia el título de este libro, el lapso que concentra el principal interés comprende aproximadamente diez, los diez excepcionales años posteriores a 1810. Son aquellos en los que el historiador de la actividad científica se enfrenta a un proceso en el que hay mucho de ruptura pero también de continuidad. Ruptura, por una parte, por la eliminación de restricciones derivadas de la censura del régimen colonial y de la autocensura que ello imponía y, por otra, por la formación de un ámbito intelectual debido al incipiente proceso de construcción de un nuevo Estado. Pero ruptura también por la orientación de la actividad científica a satisfacer los requerimientos de la militarización impuesta por la guerra contra la metrópoli. Continuidad, en la intención de ampliar la tendencia que se había expresado en ciertas iniciativas ilustradas como la Academia de Náutica (1799), la Escuela de Medicina (1801) o el comienzo del periodismo (1801), iniciativas de escasa suerte hasta entonces, pero de aparente mejor futuro a partir de los sucesos de mayo. En suma, esos diez años que siguen a aquella gran crisis política son los años durante los cuales subyace la aspiración a generar una actividad intelectual acorde con la majestad del posible nuevo Estado que comienza a proyectarse.

Para afrontar tales desafíos, el autor ha realizado una selección de temas que le permiten ordenar en forma inteligente la masa de información manejada, la que va de la literatura al instrumental científico, de la práctica científica local a lo hecho por científicos europeos, de las redes de información locales a la relación con viajeros europeos. Se destaca en ello una organización de los materiales realizada con ingenio y una transmisión de los resultados de su análisis muy bien escrita, que hasta logra dar amenidad a asuntos frecuentemente un tanto áridos. Y sobresale también algo realmente excepcional: la capacidad de evaluar comparativamente, por el conocimiento que posee el autor sobre la historia de la ciencia europea, la calidad de observaciones y experimentos científicos, como lo hace en el agudo análisis de los informes de Manuel Moreno y de Joseph Redhead sobre los meteoritos del Chaco.

Estas cualidades se perciben, por ejemplo, en el capítulo VII, ‘La enseñanza de la ciencia’, que es una notable exposición sobre las orientaciones filosóficas y metodológicas de esa enseñanza. Porque si bien Asúa recoge datos de algunos de los trabajos de índole científica que pudieron ser interpretados por otros historiadores como índices de modernización, por ejemplo las menciones de Newton o Copérnico, advierte bien sus limitaciones. Así lo hace al señalar que, en el caso de las referencias a Newton, ellas no fueron formuladas sobre base matemática: ...la incorporación tanto de los Principia como de la Óptica a los cursos de física general y particular en el Río de la Plata fue una asimilación a un discurso escolástico, pues se exponían las ideas newtonianas con ignorancia de las fórmulas y las nociones básicas, como las leyes del universo (pp.167-168). Y, más sintéticamente, añade que Lo que se conservaba era precisamente la estructura de razonamiento verbal cuya racionalidad descansaba en la lógica (aristotélica) y no en la matemática. Como es sabido, fue la matematización de la física lo que marcó gran parte de la nueva ciencia del siglo XVII (p.168).

 

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Pág. 6-7