Volumen 8 - Nš45 - MARZO/ABRIL 1998

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Revista de Divulgación Científica y Tecnológica de la
Asociación Ciencia Hoy

ARTICULO

La asignación de recursos : A la investigación científica

Edgardo E. Zablotsky
Universidad del CEMA

Esta es una conclusión para ser tenida, particularmente en cuenta en medios donde existe la costumbre de fraccionar los fondos disponibles en dosis pequeñísimas. Otra consecuencia negativa de querer incentivar la actividad científica mediante muchos pequeños subsidios es que ese proceso de selección, con resultados que tienden a ser aleatorios, retiene a muchos postulantes de dudosa capacidad. Por esa vía se iniciarían en la actividad jóvenes poco calificados y, además del costo directo representado por el dinero malgastado, se incurriría en otro más importante, que es encaminar al candidato a una actividad en la que, tarde o temprano, habrá de frustrarse, tanto por tener que abandonarla, como por permanecer en ella obteniendo nuevos subsidios, debido al único hecho de haber logrado el primero.

Otra característica de interés es el peso que el procedimiento de evaluación otorgue a los antecedentes de los postulantes, con relación a la calidad o relevancia de sus propuestas. El privilegiar los antecedentes del investigador, es decir, su desempeño en investigaciones pasadas, tiene dos efectos. Por un lado, incrementa la probabilidad de que quienes obtengan los subsidios sean investigadores formados. Por el otro, incentiva a los que obtengan un subsidio a llevar a cabo el proyecto, dado que, de no hacerlo, sus posibilidades de obtener un nuevo apoyo disminuirían considerablemente. Puesto que se desconoce el potencial de jóvenes que se inician en la investigación, el segundo efecto reviste particular importancia, pues si sólo se desea subvencionar a científicos competentes, proporcionar un incentivo para que los proyectos se lleven a cabo conducirá a que los beneficiados puedan ser evaluados mejor en futuras postulaciones.

Si investigadores jóvenes y otros formados compitiesen por subsidios en pie de igualdad en un único concurso, los segundos, obviamente, obtendrán la mayor parte del dinero, a pesar de que seguramente realizarían menor esfuerzo en preparar su postulación, dados sus mayores antecedentes. En cambio, si se dividiese a los solicitantes por categorías de edades, y si, además, los investigadores formados pudiesen recibir subsidios más importantes, se estaría poniendo a estos un incentivo por esforzarse en preparar su pedido, pues el retorno en caso de ganar será mayor, y la probabilidad de hacerlo, si realizasen un esfuerzo igual al que hubiesen efectuado en el concurso con todas las edades presentes, menor. Por esforzarse en la postulación entendemos buscar una mejor propuesta, definir la idea de forma más completa, analizar con más detalle el método de trabajo, presentar resultados preliminares, etc. Un investigador de algún renombre, que sabe que será elegido por sus antecedentes, tiene pocos incentivos para realizar esa tarea y bien puede suceder que le sea otorgado el subsidio sin tener demasiado en cuenta el interés de su propuesta, acerca de la cual no habrá mucha información disponible. Por otra parte, la separación de edades incrementa también por otra razón la probabilidad de que investigadores jóvenes reciban apoyo, pues al no tener que competir con los formados, se ven más inclinados a participar en el concurso.

Hay veces en que las bases de ciertos concursos son tales que sólo pueden resultar elegidas propuestas cuya investigación esté poco menos que completa. En tales casos, los subsidios pueden ser concebidos más como premios a investigaciones realizadas que como apoyos para llevarlas a cabo. Con el fin de analizar los efectos distintivos de tal enfoque, conviene detenerse en dos cuestiones: el riesgo del proyecto y los recursos necesarios para ejecutarlo. El investigador que lleva a cabo un proyecto con la esperanza de ser premiado por sus resultados soporta la totalidad del riesgo y -en el caso de proyectos susceptibles de dar lugar a patentes y de generar ingresos económicos- recibe la totalidad del beneficio económico. Los científicos, sin embargo, se caracterizan por estar en peores condiciones de asumir riesgos que las instituciones que otorgan fondos para financiar la ciencia. Su comportamiento, en otras palabras, los muestra menos propensos a correr riesgos. Por ello, sería más razonable que fuesen esas instituciones las que soportaran los riesgos y, como consecuencia, tuviesen derecho a eventuales beneficios económicos. Por igual tipo de razones, los proyectos de carácter experimental que requiriesen la inversión de importantes recursos, seguramente, no se efectuarían si fuese el investigador quien debiese obtenerlos en el mercado de capitales. De aquí puede deducirse que subsidiar proyectos es preferible a premiar los resultados de la investigación. Por otra parte, el riesgo de subsidiar proyectos que terminen por no ser llevados a término puede ser fuertemente reducido si el proceso de adjudicación de los recursos tiene en cuenta, entre los criterios de decisión, el resultado de pasadas investigaciones de los solicitantes.

Subsidiar a un investigador implica asumir un costo con la esperanza de obtener, como retorno del dinero invertido, un beneficio, que se puede medir por el valor social de las contribuciones que resulten de la investigación. Como no hay certeza de que estas, efectivamente, se materialicen, existe un riesgo. Por otro lado, para una inversión determinada, cuanto más largo sea el período durante el cual el investigador produzca resultados, mayor será ese retorno. A la luz de lo último, se justifica subsidiar, preferentemente, a investigadores en los comienzos de sus carreras, en comparación con los de mayor edad, en particular, sí estos no han realizado antes contribuciones de relevancia.

En la actividad financiera, se adquieren y venden opciones, es decir, derechos -para ser ejercidos dentro de ciertos períodos futuros-, de comprar o vender activos a precios prefijados. Una opción de compra es un call; una de venta, un put. Así, quien adquiere un call entra en posesión de la facultad de comprar el activo al precio pactado. Si el precio de mercado superase a este, le será conveniente ejercer el derecho de compra, para obtener como beneficio la diferencia entre ambos precios (neto del costo de la opción, llamado prima). Sí el precio de mercado terminara siendo inferior al del contrato, la opción no será ejercida y se perderá la prima. La pérdida máxima está limitada al valor de la prima, pero los beneficios potenciales no se encuentran acotados. Por ello, la prima se incrementa con la volatilidad del precio del activo.

Aplicando por analogía estos conceptos, puede decirse que, al subsidiar una investigación, una entidad promotora de la ciencia adquiere una opción sobre los resultados del proyecto subsidiado. Si se trata de investigación académica -cuyos resultados, por su índole, son bienes públicos-, quien adquiere dicha opción, en realidad, es la sociedad toda, por lo que la afirmación tiene más que nada el carácter de figura literaria. Pero si es investigación aplicada susceptible de conducir a patentes de valor mercantil, la analogía cobra valor concreto. De allí se podría concluir que es razonable invertir, hasta cierto punto, en proyectos de alto riesgo, pues la volatilidad de sus resultados incrementa el valor de la opción. Este enfoque proporciona un fundamento económico para realizar, hasta un límite considerable, inversiones en proyectos de ciencia básica (dejando de lado las razones vinculadas al estímulo de la calidad del sistema académico y las vinculadas al valor intrínseco del conocimiento). Pues si bien la mayor parte de las veces tendrán un retorno bajo, ocasionalmente, darán lugar a un avance de magnitud que, aun si no fuera de aplicación inmediata, haría con creces rentable la inversión.

En síntesis, el marco conceptual propuesto por Edward Lazear permite inferir interesantes conclusiones. Con el fin de incentivar el esfuerzo de los investigadores experimentados, resulta útil separar los concursos por edades y otorgar a estos ayudas más importantes. Premiar proyectos terminados en lugar de otorgar subsidios incentiva a concluir las investigaciones, pero Iimita los proyectos que serán llevados a cabo por aquellos que, por su modesta magnitud, puedan ser financiados por el investigador o la institución a la que pertenezca. Resulta, entonces, socialmente beneficioso otorgar subsidios en etapas tempranas de las investigaciones y considerar los resultados de los proyectos ejecutados como elementos de decisión en posteriores concursos. Es también beneficioso financiar proyectos que encierren cierto riesgo en cuanto a la posibilidad de que se obtengan resultados. Este es un argumento económico a favor de subvencionar la investigación básica y apoyar a investigadores jóvenes. Pero en cuanto a estos, no son pequeñas las consecuencias de incentivar a los no aptos a iniciarse en una actividad en la que carecerán de posibilidades y, en algún momento, habrán de frustrarse. Por ello, otorgar un gran número de pequeños subsidios no resulta beneficioso desde un punto de vista social.


Lecturas Sugeridas

BECKER, G.S., 1976, The Economic Approach to Human Behavior, University of Chicago Press.

FAMA, E., 1991, "Time, Salary and Incentive Payoffs in Labor Contracts", Journal of Labor Economics, 9, January.

LAZEAR, E., 1986, "Salaries and Piece Rates", Journal of Business, 59, JuIy.

------------, 1997, "Incentives in Basic Research", Journal of Labor Economícs, 15, 1(2).

SAMUELSON, P.A., 1955, "Diagrammatic Exposition of a Theory of Public Expenditure", Review of Economics and Statistics, 37, November.

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